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Encuentro con la sombra

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Violencia

Encuentro con la sombra

  1. Zweig y J. Abrams (ed.)

– 02.07.2001 –

La sombra colectiva

Hoy en día, cada vez que abrimos un periódico o vemos el telediario tropezamos cara a cara con los aspectos más tenebrosos de la naturaleza humana.  Los mensajes emitidos a diario por los medios de difusión de masas a toda nuestra aldea global electrónica evidencian de continuo las secuelas más lamentables de la sombra colectiva.

La sombra colectiva –la maldad humana- reclama por doquier nuestra atención: vocifera desde los titulares de los quioscos; deambula desamparada por nuestras calles dormitando en los zaguanes.

Nuestro apetito interno de totalidad –patente ahora más que nunca en el sofisticado engranaje de la comunicación global- nos exige hacer frente a la conflictiva hipocresía que se extiende por doquier.

De este modo, mientras que muchos individuos y grupos viven los aspectos socialmente más benignos de la existencia otros, en cambio, padecen sus facetas más desagradables y terminan convirtiéndose en el objeto de las proyecciones grupales negativas de la sombra colectiva (véase sino fenómenos tales como la caza de brujas, el racismo o el proceso de creación de enemigos, por ejemplo).

El poder hipnótico y la naturaleza contagiosa de estas intensas emociones resulta evidente en la expansión de la persecución racial, la violencia religiosa y las tácticas propias de la caza de brujas.  Es como si los seres humanos ataviados con sombrero blanco intentaran deshumanizar a quienes no lo llevan para justificarse a sí mismos y terminar convenciéndose de que exterminarlos no significa, en realidad, matar seres humanos.

A lo largo de la historia la sombra ha aparecido ante la imaginación del ser humano asumiendo aspectos tan diversos como, por ejemplo, un monstruo, un dragón, Frankenstein, una ballena blanca, un extraterrestre o alguien tan ruin que difícilmente podamos identificarnos con él y que rechazamos como si de la Gorgona se tratara.  Uno de las principales finalidades de la literatura y el arte ha sido la de mostrar el aspecto oscuro de la naturaleza humana.  Como dijo Nietzsche: “El arte impide que muramos de realidad”.

Cuando utilizamos el arte o los medios de difusión de masas –incluida la propaganda política- para referirnos a alguien y convertirlo en un diablo, estamos intentando debilitar sus defensas y adquirir poder sobre él.  Esto podría ayudarnos a comprender la plaga del belicismo y del fanatismo religioso puesto que el rechazo o la atracción por la violencia y el caos de nuestro mundo nos lleva a convertir mentalmente a los demás en los depositarios del mal y los enemigos de la civilización.

Cada familia, al igual que cada sociedad, tiene sus propios tabúes, sus facetas ocultas.  La sombra familiar engloba todos aquellos sentimientos y acciones que la conciencia vigílica de la familia considera demasiado amenazadoras para su propia imagen y, consecuentemente, rechaza.

El lado oscuro de la sombra no constituye una adquisición evolutiva reciente fruto de la civilización y de la educación sino que hunde sus raíces en la sombra biológica que se asienta en nuestras mismas células.  A fin de cuentas, nuestros ancestros animales consiguieron sobrevivir gracias a sus uñas y sus dientes.  Nuestra bestia –aunque se mantenga enjaulada la mayor parte del tiempo- permanece todavía viva.

Muchos antropólogos y sociobiólogos creen que la maldad humana es el resultado de refrenar nuestra agresividad, de elegir la cultura sobre la naturaleza y de perder el contacto con nuestro estado salvaje.  En este línea, el médico y antropólogo Melvin Konner cuenta en The Tangled Wing la historia de aquel hombre que fue al zoológico y acercándose a un cartel que decía “El Animal Más Peligroso de la Tierra” descubrió que se hallaba ante un espejo.

Conócete a ti mismo

En la antigüedad los seres humanos conocían las diversas dimensiones de la sombra: la personal, la colectiva, la familiar y la biológica.  En los dinteles de piedra del hoy derruido templo de Apolo en Delfos los sacerdotes grabaron dos inscripciones, dos preceptos, que han terminado siendo muy famosos y siguen conservando en la actualidad todo su sentido.  En el primero de ellos, “Conócete a ti mismo”, los sacerdotes del dios de la luz aconsejaban algo que nos incumbe muy directamente: conócelo todo sobre ti mismo, lo cual podría traducirse como conoce especialmente tu lado oscuro.

Nosotros somos herederos directos de la mentalidad griega pero preferimos ignorar a la sombra, ese elemento que perturba nuestra personalidad.  La religión griega, que comprendía perfectamente este problema, reconocía y respetaba también el lado oscuro de la vida y celebraba anualmente las famosas bacanales, orgías en las que se honraba la presencia contundente y creativa de Dionisos, el dios de la naturaleza, entre los seres humanos.

Hoy en día Dionisos perdura entre nosotros en forma degradada en la figura de Satán, el diablo, la personificación del mal, que ha dejado de ser un dios a quien debemos respeto y tributo para convertirse en una criatura con pezuñas desterrada al mundo de los ángeles caídos.

Marie-Louise von Franz reconoce las relaciones existentes entre el diablo y nuestra sombra personal afirmando: “En la actualidad, el principio de individualización está ligado al elemento diabólico ya que éste representa una separación de lo divino en el seno de la totalidad de la naturaleza.  De este modo, los elementos perturbadores- como los afectos, el impulso autónomo hacia el poder y cuestiones similares- constituyen factores diabólicos que perturban la unidad de nuestra personalidad”.

Nada en exceso

La segunda inscripción cincelada en Delfos, “Nada en exceso”, es, si cabe, todavía más pertinente a nuestro caso.  Según E. R. Dodds, se trata de una máxima por la que sólo puede regirse quien conoce a fondo su lujuria, su orgullo, su rabia, su gula –todos sus vicios en definitiva- ya que sólo quien ha comprendido y aceptado sus propios límites puede decidir ordenar y humanizar sus acciones.

Vivimos en una época de desmesura: demasiada gente, demasiados crímenes, demasiada explotación, demasiada polución y demasiada armas nucleares.  Todos reconocemos y censuramos estos abusos aunque al mismo tiempo nos sintamos incapaces de solucionarlos.

¿Pero, qué es, en realidad, lo que podemos hacer con todo esto?  La mayor parte de las personas destierran directamente las cualidades inaceptables e inmoderadas a la sombra inconsciente o las expresan en sus conductas más oscuras.  De este modo, sin embargo, los excesos no desaparecen sino que terminan transformándose en síntomas tales como los sentimientos y las acciones profundamente negativas, los sufrimientos neuróticos, las enfermedades psicosomáticas, las depresiones y el abuso de drogas, por ejemplo.

La lista podría ser interminable pero lo cierto es que podemos observar por doquier los excesos del crecimiento desmesurado de la sombra:

  • La amoralidad de la ciencia y la estrechísima colaboración existente entre el mundo de los negocios y la tecnología pone en evidencia nuestro deseo incontrolado de aumentar nuestro conocimiento y nuestro dominio sobre la naturaleza.
  • El interés desmesurado en la maximización de los beneficios y el progreso que se evidencian en el crecimiento a ultranza del mercantilismo.
  • El consumismo, el abuso de la publicidad, el derroche y la polución desenfrenada nos revelan el grado de materialismo hedonista existente en nuestra sociedad.
  • El narcisismo generalizado, la explosión personal, la manipulación de los demás y el abuso de mujeres y niños evidencia el deseo de controlar las dimensiones innatamente incontrolables de nuestra propia vida.

Estas facetas oscuras impregnan todos los estratos de nuestra sociedad y las soluciones que suelen ofrecerse a los excesos de la sombra colectiva, no hacen más que agravar el problema.

A esto se refería Jung cuando decía: “Hemos olvidado ingenuamente que bajo el mundo de la razón descansa otro mundo.  Ignoro lo que la humanidad deberá soportar todavía antes de que se atreva a admitirlo.”

Ahora o nunca

Hoy en día el mundo se mueve en dos direcciones aparentemente opuestas, una de ellas se aleja de los regímenes fanáticos y totalitarios mientras que otra se dirige hacia ellos.  Ante tales fuerzas nos sentimos impotentes o experimentamos una sensación de culpabilidad por nuestra complicidad inconsciente en la situación en que se halla inmerso nuestro mundo. Hace ya más de medio siglo que Jung describió explícitamente la naturaleza de este vinculo: “La voz interna pertenece a la conciencia cualesquiera sean los sufrimientos de la totalidad –sea cual fuere la nación o la humanidad de la que formemos parte.  El mal se presenta pues en forma individual y debemos comenzar suponiendo que sólo constituye un rasgo del carácter individual”.

Sólo disponemos de una forma de protegernos de la maldad humana representada por la fuerza inconsciente de las masas: desarrollar nuestra conciencia individual.  Si desperdiciamos esta oportunidad para aprender o fracasamos en actualizar lo que nos enseña el espectáculo de la conducta humana perderemos nuestra capacidad de cambiarnos a nosotros mismos y, consecuentemente, de cambiar también al mundo.  El mal permanecerá siempre con nosotros lo cual no significa, sin embargo, que debamos tolerar sus desmesuradas consecuencias.

En 1959 Jung dijo: “Es inminente un gran cambio en nuestra actitud psicológica.  El único peligro que existe reside en el mismo ser humano.  Nosotros somos el único peligro pero lamentablemente somos inconscientes de ello.  En nosotros radica el origen de toda posible maldad”.

Walt Kelly, el dibujante de Pogo, dijo simplemente: “Hemos encontrado al enemigo, somos nosotros mismos.”  Hoy en día debemos renovar el significado psicológico de la idea de poder individual.  La frontera para enfrentarnos a la sombra de halla –hoy como siempre- en el interior del individuo.

Recuperar la sombra

El descubrimiento de la sombra tiene por objeto fomentar nuestra relación con el inconsciente y expandir nuestra identidad compensando, de ese modo, la unilateralidad de nuestras actitudes conscientes con nuestras profundidades inconscientes.

Según el novelista Tom Robbins “descubrir la sombra nos permite estar en el lugar correcto del modo correcto”.  Cuando mantenemos una relación correcta con la sombra el inconsciente deja de ser monstruo diabólico ya que, como señalaba Jung, “la sombra sólo resulta peligrosa cuando no le prestamos la debida atención”.

Cuando mantenemos una relación adecuada con la sombra reestablecemos también el contacto con nuestras capacidades ocultas.  El trabajo con la sombra –un término acuñado para referirnos al esfuerzo por desarrollar una relación creativa con la sombra- nos permite:

  • Aumentar el autoconocimiento y, en consecuencia, aceptarnos de una manera más completa.
  • Encauzar adecuadamente las emociones negativas que irrumpen inesperadamente en nuestra vida cotidiana.
  • Liberarnos de la culpa y la vergüenza asociadas a nuestros sentimientos y acciones negativas.
  • Sanar nuestras relaciones mediante la observación sincera de nosotros mismos y la comunicación directa.

Y utilizar la imaginación creativa –vía sueños, pintura, escritura, rituales- para hacernos cargo de nuestro yo alienado.