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En busca del gen de la agresividad

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Violencia

En busca del gen de la agresividad

La Nación (Enero 8, 2001)

– 02.07.2001 –

LONDRES.- Algunos abogados norteamericanos han empezado a utilizar tal «defensa genética» como circunstancia atenuante para asesinos convictos. ¿Hay genes para el alcoholismo, la homosexualidad, la religiosidad o la propensión al divorcio? ¿Hay, incluso, genes que determinen nuestro voto? De creer en las afirmaciones de algunos científicos que se definen como «genetistas de la conducta», los genes dictan, en cierto modo, muchos aspectos del comportamiento humano.

Este tipo de asertos tienen una historia desacreditada que, a través del movimiento eugenésico de comienzos del siglo XX, se remonta a su «padre» reconocido, Francis Galton, que vivió en la Inglaterra victoriana. Pero, cualesquiera que sean las aseveraciones extravagantes y los crímenes sociales del movimiento eugenésico, incluida la esterilización forzada de miles de personas (en su mayoría mujeres) en Europa y los Estados Unidos, hoy se supone que las cosas han cambiado, que lo que se dice está respaldado por los avances en la verdadera ciencia molecular, en genética.

Desde luego, las familias arrastran muchos problemas sociales. Nuestras sociedades no son igualitarias: los pobres se ven obligados a criar a sus hijos en la pobreza. Esto no confiere un carácter genético a la pobreza. De manera similar, los hijos de padres ricos quizás hereden fortunas, pero esa no es una herencia genética, sino social.

Diferenciar la influencia genética de la del entorno durante los largos y complejos procesos del desarrollo humano es tarea ardua. En verdad, si tomamos alguna faceta del carácter de un individuo, nunca podemos determinar sus porcentajes genético y ambiental. Ambos permanecen indisolublemente asociados durante el largo tiempo en que nos construimos a nosotros mismos a partir de la materia prima de genes y entorno. Lo que sí intentan hacer los genetistas es tomar la variación de algún rasgo presente en una población y hallar el modo de establecer cuánto de ella es atribuible a los genes, y si algunos genes específicos intervienen en la producción de ese rasgo.

Procesos de desarrollo

Se puede hacer para aquellas enfermedades cuyo diagnóstico es relativamente inequívoco y sólo hay un gen anormal asociado a ese estado (el mal de Huntington es un buen ejemplo). Esto no significa, ni de lejos, que se es criminal o alcohólico a causa de un gen específico. Los genes contribuyen, sin duda, a modelar nuestra conducta, pero también influyen profundamente los procesos de desarrollo, la cultura, el ambiente social y hasta la tecnología. No podemos decir que los genes «determinan» cualquier aspecto complejo del pensamiento o la acción humanos.

Tomemos por caso la «agresión», palabra que, en el uso corriente, designa muy diversos tipos de conducta. Hablamos de empresarios agresivos o cirugía agresiva en términos positivos. Pero también hablamos del comportamiento agresivo de los varones hacia sus esposas o hijos y de los enfrentamientos agresivos entre hinchadas de fútbol o entre policías y participantes de actos de protesta. Y hablamos de librar una guerra agresiva. ¿Son todas manifestaciones de un mismo «estado»?

Las cosas se complican si advertimos que el mismo acto, con intervención de los mismos genes, músculos, etcétera, unas veces puede considerarse una agresión criminal, y otras, el cumplimiento de un deber. Hallándose de servicio en Irlanda del Norte, el soldado británico Lee Clegg disparó contra una adolescente que, en su alocada carrera, no detuvo su auto en un control de seguridad. La mató. Fue juzgado, convicto y condenado a prisión por homicidio, pero anularon el fallo, lo reincorporaron en el Ejército y lo ascendieron. ¿En qué quedamos? ¿Tiene genes de agresividad criminal o es un buen soldado? Si definimos tan mal este «fenotipo de agresión», ¿cómo podríamos estudiar su genética?

Lamentablemente, no han dejado de intentarlo. Veamos, a modo de ejemplo, el trabajo de un equipo dirigido por Han Brunner, publicado por la revista Science en 1993. Describía una familia holandesa, de algunos de cuyos hombres se decía que eran anormalmente violentos. En particular, ocho de ellos, «que vivieron en diferentes partes del país, en distintas épocas a lo largo de tres generaciones, manifestaron un «fenotipo de conducta anormal»». Los tipos de conducta incluían «estallidos agresivos, incendio intencional, intento de violación y exhibicionismo». Sinceramente, ¿podemos subsumir tipos de conducta tan disímiles en la categoría única de «agresión»?

De haberse formulado en el contexto de un estudio del comportamiento animal no humano, semejante afirmación probablemente habría sido rechazada sobre bases científicas. No obstante, el estudio de Brunner apareció en una de las publicaciones más prestigiosas del mundo, y con bastante publicidad.

Se prestó mucha atención al hecho de que todos estos individuos «violentos» portaban una mutación en la codificación genética de la enzima monoaminoxidasa tipo A (MAOA). ¿Podría ser ésta la «causa» de la violencia denunciada? Luego Brunner negó el nexo directo y no se adhirió a las afirmaciones públicas de que su grupo había identificado un «gen de la agresión». Pese a ello, el estudio es muy citado hoy día y lo que su título describía como «anormal» ha pasado a denominarse «conducta agresiva». En 1995, Science publicó un estudio de ratones que carecían de la enzima MAOA bajo el título «Conducta agresiva».

Desarrollo perturbado

Sus autores, principalmente un grupo francés dirigido por Olivier Cases, describían unas crías de ratón con temblores, postura encorvada con dificultad para enderezarse, miedo, carreras frenéticas, caídas, sueño alterado y propensión a morder al experimentador. Entre todos estos rasgos de desarrollo perturbado, los autores optaron por destacar únicamente la agresión en el título del estudio y cerrar este afirmando que sus resultados «corroboran la idea de que la conducta particularmente agresiva de los pocos casos conocidos de seres humanos de sexo masculino carentes de MAOA […] es una consecuencia más directa de la deficiencia de MAOA».

Esta evidencia superficial ha sido incorporada, por ejemplo, en el arsenal de la Iniciativa Federal contra la Violencia, agencia estatal norteamericana que pretende identificar a los niños de barrios céntricos superpoblados como «en riesgo» de volverse violentos por predisposición bioquímica o genética. El programa, propuesto por Frederick Goodwin cuando era director del Instituto Nacional de Salud Mental, fue mal recibido por sus posibles connotaciones racistas (léase sus reiteradas referencias codificadas a los adolescentes «de barrios superpoblados de alto impacto»). Goodwin dejó su cargo poco después. Aunque nunca se llegó a debatir sus propuestas, ciertos aspectos del programa continúan vigentes en Chicago y otras ciudades.

El ejemplo de los «genes de la agresión» podría aplicarse, una y otra vez, a muchas otras pretendidas explicaciones de las raíces genéticas de conductas humanas anormales o indeseables. Ellas ocupan los titulares y, hoy día, influyen en iniciativas de política social. Si no actuamos con prudencia, los intentos incondicionales de aplicar la biología a la legislación sobre la condición humana podrían retrotraernos a la época tenebrosa de la eugenesia.